jueves, 29 de mayo de 2008

Reflexionad

El toro, hervíboro, de caracter apacible y con sistema nervioso, es capaz de sentir y sufrir igual que tu. Su apariencia excitada al entrar en la plaza se debe a que ha pasado horas a oscuras, se le han afeitado los cuernos, se le han cargado pesados sacos de arena sobre el lomo y un sinfin de atrocidades más. Segundos ants de la entrar a la plaza se le clava un gancho al final del cuello. Tan sólo busca un lygar por donde huir.

El picador a caballo clava la puya en el lomo del animal destrozándole los musculos que mantienen su cabeza erguida y provocándole una considerable pérdida de sangre. Se le clavan las banderrillas, acabadas en forma de arpón, con el fin de que las heridas se abran con cada movimiento. Con la espada se pretende matar al toro de una estocada en el corazón, sin embargo el matador pocas veces acierta y en cambio le perfora los pulmones, que se encharcan con su propia sangre, axfisiándolo. No es raro que el toro, aparentemente muerto debido a la parálisis que le provoca la herida en la médula espinal, siga vivo y consciente cuando le cortan las orejas y el rabo.


Esta es la verdadera historia del toreo. El arte y la cultura jamás provocan el sufrimiento de un ser vivo. No puedo entender que haya gente en este mundo que consideren este asesinato a sangre fría como un arte, o incluso un deporte.




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